El ayudante forense


El corazón tatuado que Lizardo Hernández tiene en el pecho no es el típico que atraviesan las flechas de Cupido, ese alcahuete alado. Su tatuaje a colores  tiene ventrículos, aurículas (cavidades superiores e inferiores), válvulas, venas, arterias. Todo eso que se estudia en anatomía. Lizardo tiene este corazón en el lado derecho de su pecho, rodeado por los nombres de sus hijos:   Gregorio, Gema, Cinthia, Jesús y Johanna. Esta última falleció en 1991 afectada por un tumor en el cerebelo. No hizo falta abrirle el cráneo, médicos y familiares conocían al causante de la muerte.

Sé que el corazón es así porque lo he visto, lo he tomado en mis manos, comenta  y calla como si necesitara el silencio para  visualizar los cientos de músculos muertos que ha revisado.

La casa de sus padres está frente al Cementerio General de Portoviejo. Cadáveres llegando al anfiteatro en baldes de camionetas son parte de a recordada infancia. Cuenta que la curiosidad venció al miedo y lo empujó a mirar a través de las rejas  lo que hacían con los muertos.

A los 15 años pudo meter mano a un cadáver. Fue un muchacho asesinado a bala. Después de eso ya no sabe cuántos llegaron a la mesa, 30 años de ejercicio son un peso para la memoria.

***

Antes de preguntar por remuneración él se adelanta y asegura que toda la vida ha trabajado sin sueldo. Que hace tiempo llegaba a un arreglo económico con la familia del muerto, después de que el médico forense recibiera su parte.

-Posteriormente la Fiscalía asumió el pago del médico forense,  a mí me tocó seguir negociando con la familia los 30, 40 ó 50 dólares que cuestan mis servicios.

 -¿Se retiró acaso porque las familias no quieren cancelar sus servicios?

Las familias siguen apoyando, pero me retiré porque el médico forense,  aparte de su sueldo seguro, quería recibir la mitad de lo que yo conseguía.

-¿En qué trabaja ahora?

– Soy albañil, de vez en cuando colaboro con los médicos peritos. Mi sobrino apoya al forense que pide la mitad del dinero de autogestión.

Lizardo habla de su trabajo con palabras técnicas, alegría, orgullo. En su diálogo no cabe la autocompasión. No se queja por el cuerpo descompuesto que debe explorar.

-Me gusta la anatomía, conocer cómo funcionamos, cómo somos debajo de la piel.

Afirma que no pierde el apetito después de una intervención, aunque el menú sea carne. Aprendió que los asuntos de trabajo no se llevan a casa, se dejan en el cementerio.

Aida Zamora, su mujer, no está de acuerdo con esta forma de trabajo. Ninguno de sus hijos optó por parecerse a papá.  Lizardo sabe cómo se sienten los parientes que esperan en la puerta del anfiteatro a que la autopsia termine.  “Fue traumático hacerle el trabajo  a un primo, a un sobrino, pero me lo aguanté por mi deseo de justicia”.

***

Lizardo no olvida la bala que encontró en el cráneo de una niña.

–        La madre aseguraba que había muerto por causa de un clavo. La autopsia sirvió para capturar y sentenciar a esa mujer.

Tampoco muere la imagen del bebé que tenía el hígado muy desarrollado y que sus padres  creían que murió por mala práctica en la clínica San Gregorio de Portoviejo.  Habla del pulmón de los adictos al cigarrillo “es bien pecosito”, pero no del cadáver de Macario Briones, famoso sicario de la década de los 80’s.

– Ay, eso no me pregunte, yo participé en la necropsia, pero no diré nada.

Él que ha visto todos los trajes de la muerte piensa que lo peor es morir ahogado o encogido por el fuego. Le horroriza imaginar la desesperada búsqueda de aire.

A sus hijos les ha ordenado que si muere en circunstancias poco claras aprueben el protocolo. Que le abran el cráneo, tórax y abdomen, extraigan sus órganos, los diseccionen, que salgan de la duda porque “el descanse en paz” no es posible sin justicia.

Adicional

  • La tarea de Lizardo, a quien llaman El Doctor,  consistía en abrir las cavidades del difunto (cráneo,tórax y abdomen),retirar los órganos y, después que el médico forense terminaba el análisis,  cerrar  con piola el cuerpo.
  • José Lizardo Hernández Quiroz nació el 21 de septiembre de 1963. Vivir frente al cementerio (a 500 metros) influyó en su vocación.

Su frase

“No le temo a los muertos, a los vivos sí y tengo mis razones”.

crónica forense de Diana Zavala Publicada en diario La Hora -Manabí, domingo 23 de noviembre de 2008.

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Acerca de dianazavalar

Escritora. Cronista freelance- editora. Autora de los libros de relatos Carne Tierna y otros Platos y Breve(r)dades. La Sofía es su librería personal abierta al trueque y a la venta. Fue reportera de los diarios ecuatorianos La Marea, reportera y editora de La Hora (regional Manabí) Ha colaborado con Mar Abierto, Mundo Hispano, SOHO - Ecuador, Mundo Diners, Buen Viaje.
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Una respuesta a El ayudante forense

  1. MARCIA ARLEN PEÑA dijo:

    Que historia, eso es vocación……

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