Los últimos curtidores de Manabí


Portoviejo La piel que los hermanos Moreira Cedeño compran en el camal de Portoviejo tiene sangre y carne pegada, los pelitos dejan ver si el toro fue negro o la vaca a lunares.
En el sitio San Ignacio están las curtiembres. No es difícil encontrarlas, son las únicas de la zona. Si hay viento intenso la pregunta ¿dónde?, sobra. La fetidez guía hasta la ramada de cadi donde hay pequeños aljibes de cemento que los curtidores llaman pozos. Es tan concentrada que encontrarás al menos un trío de gallinazos.
En el primer estanque se remoja ocho días el pellejo con cal y sulfuro para ablandar el pelo. Después del raspado se lava con sulfato de amonio y pasa a otro aljibe que tiene quebracho y con suerte ácido sulfúrico.
“Ese quebracho es un polvo que pone colorado al cuero y viene de Argentina o Brasil; es más fácil de conseguir que el ácido sulfúrico. El Consep (Consejo Nacional de Sustancias Estupefacientes y Psicotrópicas) exige muchos papeles para comprar ese ácido porque sirve para procesar coca. Lo estamos reemplazando por ácido fórmico”, explica José Moreira.
Detrás de la casa de José, junto a la curtiembre, crece un cascol. Su hermana cuenta que hace mucho tiempo la corteza de esta especie de árbol reemplazaba a varios químicos. Pero que el cuero olía a ‘nalguita sucia’.
La tierra que hay entre los estanques es granate. El color no es culpa de la sangre que se escurre de los pellejos. Esa es obra del quebracho.
El remojo dura 18 días. Durante ese tiempo dos hombres contratados por José o su hermano Ramón llegan a darle vuelta a los cueros. El hedor se escapa al destapar los estanques. La parte final del proceso es tarea del sol. Ver los cueros rosados tendidos en un alambre me hace imaginar a una vaca sujeta de una pinza. El absurdo es para evadir la podredumbre.

Con el cuero seco los hermanos Moreira Cedeño empiezan otra actividad. En una cabaña, vecina de la curtiembre, está la talabartería. Allí se elaboran artículos para burros, burras, yeguas, mulas, caballos y sobreasientos de carros.
Con tirillas de cuero se realiza una correa en forma de ojal que sirve para meter la cola del animal y evitar que la montura se vaya hacia delante. “Se llama baticola” dice Ramón. Ese dato aclara el porqué del nombre de la galletita negra que se vende en ferias junto a dulces fosforescentes.
La docena de baticolas cuesta 40 dólares. Los artículos de este taller se mercadean a visitantes rurales en el Portoviejo urbano. También los comerciantes de Picoazá caen por la talabartería con sus regateos. Ellos, los picoazos, llevan los productos por las calles.

Familia
Jacinto es hermano de José y Ramón, igual que ellos, que su padre y que su abuelo es curtidor y talabartero. Su taller está en una loma de San Ignacio, en su vivienda de casado.
Ellos aseguran con exageración de pueblo que trabajan con los cueros desde el nacimiento. Mercedes Cedeño, madre de los tres, ríe y aclara que lo hacen desde la pubertad. Ella tiene 91 años y es viuda desde hace 22. La pubertad del trío de curtidores es un recuerdo viejo. José tiene 50 años, Jacinto 69 y Ramón 63.
Sentado en las tablas del taller, sin dejar de sacar con el filo de un cuchillo las asperezas del cuero, Ramón eleva el tono de su conversación para enfatizar:

– Las curtiembres de mi familia son las únicas que le quedan a Manabí. En Chone curtía Don Silvano Palma, pero con su muerte murió el negocio.
Sin perder el orgullo Ramón detalla que tiene una hija doctora, una abogada y una química

-Este oficio me permitió estudiarlas el bachillerato, el resto fue obra de su esfuerzo y su buen mate.
Ramón responde con un minuto de silencio la pregunta respecto al futuro de la actividad. Sus hijos y sus sobrinos crecieron sin llevar en sus planes de vida el negocio familiar. Igual que el cascol que crece junto al taller ajeno a los cueros.

Adicionales

“Si se logra reunir mil dólares en venta de cuero y artículos de este material nos queda de utilidad un 20 por ciento”

José Moreira
Curtidor y talabartero

  • El sitio San Ignacio pertenece a la parroquia Colón de Portoviejo.
  • En el camal una piel de 2 metros de largo y 1.50 metros de ancho cuesta 12 dólares.
  • Una pieza de cuero procesado de 1.50 metros de ancho por 2 metros de la largo se vende en 60 dólares.
  • En la curtiembre que trabaja José y Ramón se obtienen 40 cueros por semana.

Esta crónica se publicó en La Hora -Manabí el 30 de noviembre de 2008; posteriormente cuando la fotógrafa del medio regresó por el lugar los mencionados en esta historia le dijeron que por culpa de estas cifras les “cayó el SRI”.  En consecuencia soy persona no grata en ese paraíso fétido.

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Acerca de dianazavalar

Escritora. Cronista freelance- editora. Autora de los libros de relatos Carne Tierna y otros Platos y Breve(r)dades. La Sofía es su librería personal abierta al trueque y a la venta. Fue reportera de los diarios ecuatorianos La Marea, reportera y editora de La Hora (regional Manabí) Ha colaborado con Mar Abierto, Mundo Hispano, SOHO - Ecuador, Mundo Diners, Buen Viaje.
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2 respuestas a Los últimos curtidores de Manabí

  1. Patricio Lovato Rivadeneira dijo:

    Esa es una buena muestra del Manabí profundo y sin aspavientos. Bien contada en el proceso de producción, los autores y sus legados y los usos. A nosostros los expertos financieros nos cae rápido la cuenta de 48 dólares entre la cáscara del animal y el producto terminado, multiplicado por 40 pieles, no cuadran los mil dólares ni el 20% de utilidad. Lo único bueno que hasta los fiscalizadores leemos las buenas crónicas. Un abrazo Dear Diana.

  2. leiberg dijo:

    me dejaste como loco con lo ultimo… muy buena cronica 🙂

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